12 horas antes de un milagro
“La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” — Hebreos 11:1
Tu fe no comienza cuando el milagro está hecho, comienza cuando el milagro viene en camino.
Hoy empiezo a escribir esto desde las notas de mi celular, con un café frío en la mano y en la otra el extractor de leche que ha sido mi aliado estas últimas horas.
Si no me conoces, soy Jennifer Martínez. Este espacio, Caminando con Fe, inició hace muchos años, pero en los últimos tres ha cobrado un sentido profundo en mi vida. Primero, en lo personal, y luego en cada mujer que ha llegado aquí buscando a Dios en medio de sus procesos.
Me convertí en mamá en marzo de 2025, pero mi pequeña decidió llegar el 3 de noviembre, tres semanas antes de lo esperado, a las 11:26 de la noche. Recuerdo que aposté con el anestesiólogo que nacería el 4… y claramente él ganó.
Mi cesárea no fue como la había planeado. Ana Sofi nació con inmadurez en sus pulmones y pasó toda la noche en la incubadora.
Jamás pensé escribir algo así. Nunca imaginé que tendría que esperar para abrazar a mi bebé, ni ver a mi esposo pegado al cristal del cunero, orando mientras ella luchaba por respirar.
Hoy, al ver el video que él grabó esa noche, me cae el veinte: Dios fue fiel incluso cuando no podía verlo.
Durante las horas más largas de esa noche, el Espíritu Santo me abrazó de una manera que nunca olvidaré. No solo espiritualmente, sino también emocional y físicamente. Entre los efectos de la morfina y el silencio de la habitación, escuché algo dentro de mí:
“Descansa, para que estés lista para recibir a tu pequeña mañana.”
Y eso hice. Dormí. No porque lo entendiera todo, sino porque sabía que Dios estaba obrando.
Esa paz —que no se puede explicar ni razonar— me sostuvo hasta el amanecer.
El 4 de noviembre, al mediodía, Ana Sofía conoció a su papá y pude tenerla en mis brazos.
Ahí entendí que la fe no siempre se siente fuerte, pero siempre nos sostiene.
La fe no elimina los procesos, pero sí cambia la manera en la que los vivimos.
Desde esa noche aprendí algo que hoy quiero dejarte a ti: las cosas no siempre salen como las planeas, idealizas o sueñas, pero eso no significa que Dios no esté siendo glorificado en medio de ellas.
En momentos de debilidad, Él se convierte en tu fortaleza.
En el dolor, Él te da consuelo.
Y cuando todo parece frágil, su amor se vuelve el lugar más firme donde puedes descansar.
“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” — Filipenses 4:7
No tengas miedo de volver a creer aunque no veas resultados.
No temas dar el paso sin sentir el piso.
No te asustes si el milagro no se ve como lo imaginaste.
Dios lo va a hacer.
Tu victoria ya viene.
¡No dejes de creer!
